jueves, 10 de octubre de 2013

La Casa de Hades- IV Hazel

IV 
HAZEL

Hazel quería correr, pero sus pies parecían estar pegados al suelo de blanco cristal.
En todos los lados de aquella encrucijada, brotaron de la tierra dos soportes para antorchas de oscuro metal como si fueran tallos de plantas. Hécate fijó sus antorchas en ellos, luego caminó lentamente describiendo un círculo alrededor de Hazel,  como si fueran compañeras en algún baile misterioso.
El perro negro y la comadreja siguieron su estela.
“Eres como tu madre”, decidió Hécate.
La garganta de Hazel se encogió. “¿La conociste?”
“Por supuesto. Marie era una adivina. Ella comerciaba encantos y maleficios y gris-gris. Soy la diosa de la magia”
Esos ojos negros puros parecían halar a Hazel, como si intentaran extraer su alma. Durante su primera vida en New Orleans, Hazel fue atormentada por los chicos en St. Agnes School a causa de su madre. Llamaban bruja a Marie Levesque. Las monjas murmuraban que la madre de Hazel negociaba con el Diablo.
Si las monjas estaban asustadas de mi madre, Hazel se preguntó, ¿qué habrían hecho de esta diosa?
“Muchos me temen” dijo Hécate, como si leyera sus pensamientos. “Pero la magia no es buena ni mala. Es una herramienta, como un cuchillo. ¿Es malo un cuchillo? Sólo si su portador es malo”.
“Mi –mi madre…” tartamudeó Hazel. “Ella no creía en la magia. No realmente. Sólo fingía, por el dinero”.
La comadreja chilló y le enseño sus dientes. Luego hizo un sonido chirriante desde su parte posterior. Bajo otras circunstancias, una comadreja tirando un gas podría haber sido graciosa, pero Hazel no se rio. Los ojos rojos del roedor la miraron torvamente, como pequeñas brasas.
“Tranquila, Gale” dijo Hécate. Y le hizo a Hazel un gesto de disculpa. “A Gale no le gusta escuchar sobre no creyentes y estafadores. Ella misma fue una vez una bruja, verás”
“¿Tu comadreja era una bruja?”
“Es una turón (hurón/mofeta), en realidad” dijo Hécate. “Pero sí –Gale fue una vez una desagradable bruja humana. Tenía una higiene personal terrible,  además de extremos –ah, problemas digestivos.” Hécate movió su mano frente a su nariz. “Eso le dio a mis otros seguidores un mal nombre”.
“Bien”. Hazel intento no mirar a la comadreja. Realmente no quería saber sobre los problemas intestinales del roedor.
“En cualquier caso,” dijo Hécate, “la convertí en una mofeta. Está mucho mejor como una mofeta.”
Hazel tragó. Miró al perro negro, que acariciaba con su hocico cariñosamente la mano de la diosa. “¿Y tú labrador…?”
“Oh, ella es Hecuba, la antigua reina de Troya” dijo Hécate, como si debiera ser obvio. El perro gruñó.
“Tienes razón, Hecuba” dijo la diosa. “No tenemos tiempo para largas presentaciones. El punto es, Hazel Levesque, tu madre puede haber clamado no creer, pero ella poseía verdadera magia. Eventualmente se dio cuenta. Cuando buscó un hechizo para invocar al dios Plutón, yo la ayudé a encontrarlo”
“¿Tú…?”
“Sí.” Hécate continuó dando vueltas alrededor de Hazel. “Vi potencial en tu madre. Y veo aún más potencial en ti”
La cabeza de Hazel giraba. Recordaba la confesión de su madre justo antes de que hubiera muerto: cómo había invocado a Plutón, cómo el dios se había enamorado de ella y cómo, a causa de su deseo voraz, su hija Hazel había nacido con una maldición. Hazel podía llamar las riquezas de la tierra, pero cualquiera que las usara sufriría y moriría.
Ahora esta diosa estaba diciendo que ella había hecho que todo eso pasara.
“Mi madre sufrió por culpa de esa magia. Mi vida entera –“
“Tu vida no habría ocurrido sin mi” Dijo Hécate rotundamente. “No tengo tiempo para tu ira”. Tú tampoco. Sin mi ayuda, morirás”.
El perro negro gruñó. El turón chasqueó los dientes y tiró un gas.
Hazel sintió como si sus pulmones fueran llenados con arena caliente.
“¿Qué clase de ayuda?” demandó.
Hécate levantó sus pálidos brazos. Las tres puertas de donde había venido –norte, este y oeste –comenzaron a girar con niebla. Una ráfaga de imágenes a blanco y negro brillaba y parpadeaba, como las antiguas películas mudas que aún pasaban en los teatros cuando Hazel era pequeña.
En la puerta del oeste, semidioses Romanos y Griegos con armadura completa luchaban unos contra otros en una colina bajo un gran pino. La hierba estaba sembrada de heridos y moribundos. Hazel se vio a sí misma montando a Arion, cargando a través de la confusa pelea cuerpo a cuerpo y gritando –tratando de detener la violencia.
En la puerta del este, Hazel vio el Argo II hundiéndose a través del cielo por encima de los Apeninos. Su aparejo estaba en llamas. Una roca se estrelló en el alcázar. Otra perforó a través del casco. La nave estalló como una calabaza podrida, y el motor explotó.
Las imágenes en la puerta del norte eran aún peores. Hazel vio a Leo, inconsciente –o muerto –cayendo a través de las nubes. Vio a Frank tambaleándose solo por un túnel oscuro, agarrando su brazo, con la camisa empapada en sangre. Y Hazel se vio a sí misma en una vasta caverna llena de hebras de luz como si fuera una telaraña luminosa. Luchaba por abrirse paso, mientras, a lo lejos, Percy y Annabeth estaban tendidos e inmóviles a los pies de dos puertas de metal negro y plateado.
“Elecciones” dijo Hécate. “Estás en una encrucijada, Hazel Levesque. Y yo soy la diosa de las encrucijadas.
El piso tembló a los pies de Hazel. Miró hacia abajo y vio el destello de monedas de plata… miles de viejos denarios Romanos rompiendo la superficie a su alrededor, como si toda la colina estuviera llegando a su punto de ebullición.
Había estado tan agitada por las visiones en las puertas que debía haber convocado cada pedacito de plata en los campos alrededor.
“El pasado está muy cerca a la superficie en este lugar” dijo Hécate. “En tiempos antiguos, dos grandes carreteras Romanas se encontraban aquí. Las noticias se intercambiaban. Los mercados se celebraban. Los amigos se reunían, y los enemigos peleaban. Ejércitos enteros debían elegir una dirección. Las encrucijadas son siempre lugares de decisión.”
–Como…Como Jano–Hazel recordó el Santuario de Jano en la Colina de los Templos, de vuelta en el Campamento Júpiter. Los semidioses van ahí para tomar decisiones. Ellos lanzan una moneda, águila o sello, y esperan a que el dios de las dos cabezas los guíe adecuadamente. Hazel siempre había odiado ese lugar. Ella nunca había entendido por qué sus amigos estuviesen tan dispuestos a dejar que un dios se llevase su responsabilidad de elegir. Después de todo lo que Haxel había pasado, ella creía en la sabiduría de los dioses casi como ella creía en una máquina tragamonedas.
La diosa de la magia hizo un siseo disgustado.
–Jano y sus caminos. Él siempre te hace creer que todas las opciones son: negro o blanco, sí o no, adentro o afuera. De hecho, no es así de simple. Cuando sea que cruces las encrucijadas, siempre hay al menos tres caminos que seguir…
Cuatro, si cuentas el camino hacia atrás. Tú estás en una encrucijada ahora, Hazel.
Hazel miró de nuevo cada uno de los remolinantes portales: una guerra de semidioses, la destrucción del Argo II, desastre para ella y sus amigos.
–Todas las opciones son malas.
–Todas las opciones tienen riesgos–la diosa corrigió–. Pero, ¿cuál es tu objetivo?
–¿Mi objetivo? –Hazel miró hacia las puertas sin poder hacer nada–. Ninguno de estos.
La perra Hécuba gruñó. Gale, la hurón se deslió sobre los pies de la diosa, tirándose gases y crujiendo sus dientes.
–Podrías ir hacia atrás–Hécate sugirió– trazar tu camino a Roma… Pero las fuerzas de Gea esperan eso. Ninguno de ustedes sobrevivirá.
–Bien… ¿Y qué quieres decir?
Hécate se paró cerca de la antorcha más cercana. Ella recogió un puñado de fuego y esculpió las flamas hasta que ella estaba sosteniendo un mapa en miniatura del relieve de Italia.
–Podrías ir hacia el Oeste–. Hécate apartó su dedo de su ardiente mapa–. Regresa a América con tu regalo, la Atenea Partenos. Tus camaradas en casa, Griegos y Romanos, están al borde de la guerra. Vete ahora y vas a salvar muchas vidas.
–Vas a–repitió Hazel–. Pero Gea se supone que se levantará en Grecia. Ahí es donde están los gigantes reunidos.
–Es verdad. Gea ha escogido el día de agosto primero, el Festín de Spes, diosa de la esperanza, para poderse alzar. Al despertarse en el Día de la Esperanza, ella intenta destruir toda la esperanza para siempre. Aún si alcanzan Grecia para entonces, ¿podrían detenerla? No lo sé–Hécate colocó su dedo en la cimas de los Apeninos–. Podrían ir al Este, a través de las montañas, pero Gea hará lo que sea para lograr que no crucen Italia. Ella ha puesto a los dioses de las montañas en su contra.
–Ya lo hemos notado–Hazel dijo–
–Cualquier intento de cruzar los Apeninos significará la destrucción de su barco. Irónicamente, esta será la opción más segura para su tripulación. Puedo prever que todos de ustedes podrían sobrevivir a la explosión. Es posible, pero es improbable que ustedes puedan llegar a Epiro y cerrar las Puertas de la Muerte. Deben encontrar a Gea y prevenir su alza. Pero para ese entonces, ambos campamentos de semidioses serán destruidos. No tendrán a donde volver–Hécate sonrió–. Más bien, la destrucción de su barco los hará quedar varados en las montañas. Eso significaría el final de su misión, pero provocaría a ti a tus amigos mucho dolor y sufrimiento en los días por venir. La guerra con los gigantes tendría que ser ganada o perdida sin ustedes.

Ganada o perdida sin nosotros.

Una pequeña parte de culpa de Hazel se sintió conmovida. Ella había estado deseando una oportunidad para ser una chica normal. Ella ya no quería más dolor o sufrimiento para ella y para sus amigos. Ellos ya habían pasado por mucho.
Ella miró hacia atrás de Hécate en el portal del medio. Ella vio a Percy y a Annabeth tirados, sin poder ser ayudados, antes de esas puertas color negro y plateado. Una oscura forma masiva, vagamente humanoide, se cernía sobre ellos, con los pies levantados como si fuese a aplastar a Percy.
–¿Y qué hay acerca de ellos? –Hazel preguntó, con su voz rota–. ¿Percy y Annabeth?
Hécate se encogió de hombros.
–Al Oeste, Este o Sur… Ellos morirán.
–No es una opción–dijo Hazel.
–Entonces ustedes tienen sólo un camino, aunque es el más peligroso

El dedo de Hécate cruzó sus Apeninos miniatura, dejando una línea blanca brillante entre las flamas rojas.

–Hay un paso secreto aquí en el norte, un lugar donde tengo influencia, donde Aníbal una vez cruzó cuando marchaba hacia Roma.

La diosa hizo un trazo amplio… Hacia el norte de Italia, después hacia el Este hacia el mar, después al sur en la costa oeste de Grecia.

–Una vez que pasen, podrán viajar al norte a Boloña y después a Venecia. Desde ahí, podrían navegar por el Adriático hasta su meta, aquí: Epiro en Grecia.

Hazel no sabía mucho de geografía. Ella no tenía idea de cómo lucía el Mar Adriático. Ella nunca había escuchado de Boloña y todo lo que sabía de Venecia eran vagas historias de canales y góndolas. Pero una cosa era obvia.

–Eso está demasiado lejos del camino.
–Por eso es que Gea no espera que tomen esta ruta–Hécate dijo–. Puedo esconder su progreso de alguna manera, pero el éxito de su viaje dependerá en ti, Hazel Levesque. Tú debes aprender a usar la Niebla.
– ¿Yo? – El corazón de Hazel se sentía como si fuese a salir de su caja torácica–. ¿Usar la Niebla, cómo?
Hécate desapareció su mapa de Italia. Ella le dio una palmada a la perra negra Hécuba.  La Niebla se juntó alrededor del Labrador hasta que lo escondió completamente dentro de un tipo coco de color blanco. La niebla se aclaró con el sonido de un “¡poof!”. Donde había estado parado el perro, ahora estaba una gatita con mirada malhumorada y con ojos dorados.
–Miau–se quejó.
–Soy la diosa de la Niebla–explicó Hécate–. Soy la responsable de mantener el velo que separa el mundo de los dioses del mundo de los mortales. Mis hijos aprenden a usar la Niebla para su beneficio, para crear ilusiones o influenciar las mentes de los mortales. Otros semidioses pueden hacer esto también, por supuesto. Y tú también, Hazel, si quieres ayudar a tus amigos.
–Pero…–Hazel miró a la gata–. Ella supo que era realmente Hécuba, la labradora negra, pero no se pudo convencer del todo. El gata se veía tan real–. No puedo hacerlo.
–Tu madre tenía el talento–dijo Hécate–. Tú lo tienes aún más. Como hija de Plutón que ha regresado de la muerte, entiendes el velo entre ambos mundos mejor que la mayoría. Tú puedes controlar la Niebla. Si no… Bien, tu hermano Nico te lo ha advertido. Los espíritus le han susurrado, le han susurrado tu futuro.
Cuando llegues a la Casa de Hades, conocerás un enemigo formidable. Ella no puede ser vencida por la fuerza o por una espada. Tú sola puedes vencerla, y necesitarás magia.
Las piernas de Hazel tambaleaban. Ella recordó la siniestra expresión de Nico, con sus dedos enterrándose en su brazo. 
“No le puedes decir a los demás. No aún. Su valor está siendo estirado al máximo.”
– ¿Quién? –Hazel graznó–. ¿Quién es este enemigo?
–No diré su nombre–dijo Hécate–. Eso le alertaría tu presencia antes de que estés lista para enfrentarla. Ve al Norte, Hazel. Mientras viajas, practica invocando la Niebla. Cuando llegues a Boloña, busca a los dos enanos. Ellos te llevarán a un tesoro que los ayudará a sobrevivir en la Casa de Hades.
–No entiendo.
–Miau–el gato se quejó.
–Sí, sí, Hécuba–la diosa movió su mano de nuevo y la gatita desapareció. La labradora negra estaba de nuevo en su lugar.
–Entenderás, Hazel–prometió la diosa–. De vez en cuando, enviaré a Gale para revisar tu progreso.
La hurón siseó, con sus pequeños y brillantes ojos repletos de malicia.
–Genial–murmuró Hazel.
–Antes de que llegues a Epiro, tienes que estar preparada–dijo Hécate–. Si tienes éxito, entonces nos veremos de nuevo… Para la batalla final.
Una batalla final, pensó Hazel. Oh, qué alegría.
Hazel se preguntó si ella podría prevenir las revelaciones que había visto a través de la Niebla– Leo cayéndose del cielo; Frank tropezándose en la oscuridad, solo y gravemente herido; Percy y Annabeth a merced de un gigante oscuro.
Ella odiaba los acertijos y sus avisos inciertos. Ella comenzaba a despreciar las encrucijadas. 
–¿Por qué me estás ayudando? –Hazel preguntó–.  En el Campamento Júpiter, decían que estabas aliada con los Titanes en la guerra pasada.

Los ojos negros de Hécate brillaron.

–Porque yo soy una titánide– hija de Perses y Asteria. Mucho antes de que los Olímpicos llegaran al poder, yo controlaba la Niebla. A pesar de esto, en la Primera Titanomaquia, hace milenios, me alié con Zeus en contra de Cronos. No estaba ciega para ver la maldad de Cronos. Esperaba que Zeus fuese un mejor rey.
Ella dio una pequeña risa amarga.
–Cuando Deméter perdió a su hija Perséfone, raptada por tu padre, guié a Deméter por las noches más oscuras con mis antorchas, ayudando en su búsqueda. Y cuando se alzaron los gigantes por primera vez, me alié con los dioses. Peleé contra mi archi-enemigo Clitio, hecho por Gea para absorber y vencer mi magia.
–Clitio–Hazel nunca había oído ese nombre– Cli-tio– pero el decirlo hacía a sus articulaciones sentirse más pesadas. Ella miró las imágenes en el portal del norte–la forma masiva acercándose a Percy y a Annabeth–. ¿Es él el problema en la Casa de Hades?
–Oh, él los espera allá–dijo Hécate–. Pero primero deben derrotar a la bruja. A menos que quieras que…
Ella chasqueó sus dedos y todos los portales se oscurecieron. La Niebla se disolvió, las imágenes se fueron.
–Todos nos enfrentamos a encrucijadas –dijo la diosa–. Cuando Cronos se alzó por segunda vez, cometí un error. Lo apoyé. Crecí siendo ignorada por los llamados dioses “grandes”. A pesar de mis años de servicio leal, ellos me negaron un trono en su sala…
La hurón chilló enojadamente.
–Pero ya no importa–la diosa suspiró–. Ahora estoy en paz de nuevo con el Olimpo. Aún ahora, cuando están en caída –sus ejércitos Griego y Romano peleando uno contra el otro– Los ayudaré. Griego o Romano, yo siempre he sido Hécate. Les ayudaré en contra de los gigantes, si prueban que valen la pena. Así que, ahora es tu elección, Hazel Levesque. ¿Confiarás en mí… o huirás de mí, como tan seguido hacen los dioses del Olimpo?
La sangre rugía en los oídos de Hazel. ¿Podía ella creer en esta oscura diosa, quien le había dado a su madre a magia que arruinó su vida? Perdón, pero no. A ella no le gustaban mucho  la labradora de Hécate ni tampoco su gaseosa hurón.
Pero ella sabía que no podía dejar morir a Percy y a Annabeth.
–Iré hacia el Norte–ella dijo–. Tomaremos tu secreto tras las montañas.
Hécate asintió, sin la menor pinta de satisfacción en su cara.
–Has escogido bien, aunque el camino no será sencillo. Muchos monstruos se revelarán ante ustedes. Inclusive algunos de mis propios sirvientes se han aliado con Gea, esperando destruir el mundo mortal.

La diosa tomó el doble de antorchas de sus estantes.

–Prepárate, hija de Plutón. Si tienes éxito en contra de la bruja, nos veremos de nuevo.
–Tendré éxito–prometió Hazel–. Y Hécate, no estoy escogiendo ninguno de tus caminos, lo hago por mi cuenta.
La diosa arqueó sus cejas. Su hurón se retorció y su perro gruñó.
–Encontraremos alguna forma de detener a Gea–dijo Hazel–. Vamos a rescatar a nuestros amigos del Tártaro. Vamos a mantener juntos a la tripulación y al barco y vamos a detener al Campamento Júpiter y al Campamento Mestizo de entrar en una guerra. Vamos a hacerlo todo.
La tormenta aulló, las paredes negras del remolino comenzó a girar más fuerte.
–Interesante–dijo Hécate, como si Hazel fuese un resultado inesperado de un experimento científico–. Eso valdría mágicamente la pena.
Una ola de oscuridad cubrió el mundo. Cuando la vista de Hazel regresó, la tormenta, la diosa y sus sirvientes se habían ido. Hazel se paró a un lado de la colina, bajo el sol de la mañana, sola en las ruinas, excepto por Arión, quien corría al lado de ella, relinchando impacientemente.
–Estoy de acuerdo–Hazel le dijo al caballo–. Vámonos de aquí.

– ¿Qué pasó? –Leo preguntó mientras Hazel trepaba a bordo del Argo II.
Las manos de Hazel aún temblaban por su plática con la diosa. Ella miró sobre la barandilla y vio el rastro de Arión expandiéndose a través de las colinas de Italia. Ella esperó que su amigo se alejara, pero no podía culparlo por quererse alejar lo más pronto posible.

El campo relucía por el sol veraniego que reflejaba el rocío mañanero. En la colina, las viejas ruinas se mantenían blancas y silenciosas–sin rastro alguno de caminos antiguos, o diosas, o hurones gaseosos.

– ¿Hazel? –Nico preguntó.
Sus piernas se torcían. Nico y Leo tomaron sus brazos y la ayudaron a subir los escalones de la cubierta. Ella se sintió avergonzada, cayéndose como una damisela de cuento de hadas, pero su energía se había ido. El recordar las escenas brillantes en aquél cruce de caminos la llenó de terror.
–Conocí a Hécate–ella dijo.
No les dijo todo. Ella recordó lo que Nico había dicho: “su valor está sido estirado al máximo”. Pero ella les dijo acerca del paso del norte, a través de las montañas y del desvío que Hécate había descrito que los podría llevar a Epiro.
Cuando acabó, Nico tomó su mano. Sus ojos estaban llenos de preocupación.
–Hazel, conociste a Hécate en un cruce de caminos.  Eso es… Eso es algo a lo que muchos semidioses no sobreviven. Y los que sobreviven nunca son los mismos. ¿Estás segura que tú…?
–Estoy bien–ella insistió–.
Pero ella sabía que no era así. Ella recordó cuán intrépida y enojada ella se sintió, diciéndole a la diosa que ella había encontrado su propio camino y que tendría éxito en todo. Ahora, su alarde parecía ridículo. Su valor la había abandonado.
– ¿Y qué hay si Hécate intenta engañarnos? –Preguntó Leo–. Esta ruta podría ser una trampa.
Hazel negó con la cabeza.
–Si fuese una trampa, creo que Hécate habría hecho que la ruta del sur sonase tentadora. Y créeme, no lo hizo.
Leo sacó una calculadora de su cinturón de herramientas y presionó algunos números. Eso es… Algo como trescientas millas fuera de nuestro camino hacia Venecia. Después, tenemos que regresar al Adriático. Y… ¿Dijiste algo de unos camellos enanos?
–Enanos en Boloña–Hazel dijo–. Supongo que Boloña es una ciudad. Pero el por qué debemos encontrar enanos ahí… No tengo ni idea. Quizá algún tesoro que nos ayude en la misión.
–Huh–Leo dijo–. Quiero decir, me interesa lo del tesoro, pero…
–Es nuestra mejor opción–Nico ayudó a Hazel a ponerse de pie–. Tenemos que recuperar el tiempo perdido y viajar tan rápido como podamos. Las vidas de Percy y Annabeth dependen en ello.
– ¿Rápido? –Sonrió Leo–. Puedo hacerlo rápido.
Él corrió hacia la consola y comenzó a mover interruptores. Nico tomó el brazo de Hazel y la guió hacia afuera del alcance del oído de Leo.
–¿Qué más dijo Hécate? ¿Dijo algo de…?
–No puedo– Hazel lo interrumpió. Las imágenes que ella había visto casi la abrumaron: Percy y Annabeth sin ayuda bajo los pies de aquellas puertas de metal negro, el gigante oscuro acercándose a ellos, Hazel atrapada en un brillante mazo de luz, sin poder ayudar.
“Debes vencer a la bruja”, Hécate había dicho. “Tú sola puedes vencerla. A no ser que…”
El fin, pensó Hazel. Todos los portales cerrados. Toda la esperanza extinta. Nico le había advertido. Él se había comunicado con los muertos, los había oído susurrando pistas acerca de su futuro. Dos hijos del Inframundo deben entrar en la Casa de Hades. Ellos se enfrentarán a un enemigo imposible de vencer. Sólo uno de ellos pasará a las Puertas de la Muerte.
Hazel no pudo mirar a los ojos de su hermano.
–Te lo diré más tarde–ella prometió, intentando que su voz no temblara–. Ahora, deberíamos descansar lo más que podamos. Esta noche, cruzaremos los Apeninos.

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