martes, 8 de octubre de 2013

La Casa de Hades- III Hazel

III 
Hazel
La tormenta engulló la colina en un remolino de vapor negro.
Arión cargó directo hacia él.
Hazel se encontró a sí misma sobre la colina, pero se sentía como en otra dimensión. El mundo perdió sus colores. Las paredes del tornado envolvieron la colina en un tenebroso color negro. Las ruinas se tornaron de un blanco tan claro que casi brillaban. Incluso Arión había cambiado de un color marrón caramelo a un oscuro gris ceniza.
En el ojo de la tormenta, el aire estaba quieto. La piel de Hazel hormigueaba de frió como si la hubiesen frotado con alcohol. Frente a ella, un portal en forma de arco los conducía a través de unas paredes de musgo hacia una especie de recinto.
Hazel no podía ver mucho en la oscuridad, pero sintió una presencia en el interior, como si fuera un trozo de hierro cerca de un gran imán. Su atracción era irresistible, arrastrándola hacia adelante.
Sin embargo, dudó. Tiró las riendas de Arión y este golpeteó el suelo impaciente, haciéndolo crepitar bajo sus cascos.
Dondequiera que pisara, la hierba, el polvo y las piedras se tornaban blancas como el hielo. Hazel recordó el glaciar Hubbard, en Alaska— por como la superficie se partía bajo sus pies. Recordó la superficie de aquella cueva horrible en Roma, que se deshizo en polvo, lanzando a Percy y Annabeth al Tártaro. Esperaba que aquella cumbre blanca y negra no se disolviera bajo sus pies pero decidió que era mejor seguir avanzando.
“Continuemos entonces, muchacho” Su voz sonó apagada, como si hablara dentro de una almohada.
Arión atravesó galopando el arco de piedra. Los muros en ruinas bordeaban un patio cuadrado del tamaño de una cancha de tenis. Habían otros tres portales, en medio de las paredes, a los lados norte, este y oeste.  En el centro del patio se cruzaban dos caminos adoquinados, formando una cruz. La niebla flotaba en el aire—franjas blancas que se retorcían como si tuviesen vida.
No era una niebla cualquiera, percibió Hazel. Era la Niebla.
Durante toda su vida ella había escuchado hablar sobre la Niebla—un velo sobrenatural que ocultaba el mundo mitológico de los mortales. Podía engañar a los seres humanos, incluso a los semidioses, haciéndolos ver monstruos como animales inofensivos o dioses como personas normales.
Hazel nunca había pensado en ella como humo literalmente, pero al observarla se enroscaba en las patas de Arión, flotando a través de los escombros del patio en ruinas. Los vellos de sus brazos se erizaron. De algún modo ella sabía que esa cosa blanca era pura magia.
A lo lejos, un perro aulló. Arión no solía asustarse, pero retrocedió bufando nervioso.
“Esta bien.” Hazel acarició su cuello. “Estamos juntos en esto. Me bajaré de tu lomo, bueno?” Se deslizó bajando del caballo. Al instante, el se volvió y corrió.
“Arión, espe...“ —Pero el ya había desaparecido por donde había venido.
Demasiado para estar juntos en esto...
Otro aullido cortó el aire-más cerca esta vez.
Hazel dio un paso en dirección hacia el centro del patio. La Niebla se aferraba a ella como la neblina del congelador.
—¿Hola?—llamó.
—Hola—respondió una voz.
Una figura pálida de una mujer apareció en el portal norte. No, esperen… En el portal este. No, oeste. Tres imágenes de humo de la misma mujer se movían sincronizadas hacia el centro de las ruinas. Su forma era borrosa, hecha de Niebla, y dos pequeños mechones de humo la seguían de cerca, moviéndose hacia sus talones como si fuesen animales. ¿Algún tipo de mascota?

Ella llegó al centro de patio y sus tres formas se fundieron en una. Se materializó en una joven que usaba un vestido oscuro sin mangas. Su cabello dorado estaba atrapado en una coleta alta,  al estilo griego clásico. Su vestido era tan sedoso que parecía ondular, como si la tela del vestido fuese tinta derramándose de sus hombros. No parecía tener más de veinte años, pero Hazel sabía que eso no quería decir nada.
—Hazel Levesque—dijo la mujer.
Ella era linda, aunque muy pálida. Cierta vez, en Nueva Orleáns, Hazel fue obligada a asistir a un funeral de una compañera suya. Le recordó el cuerpo sin vida en aquél ataúd abierto. Su rostro estaba tan maquillado que parecía que estuviese durmiendo, lo que Hazel encontró aterrador.
La mujer hacía a Hazel recordar a esa chica, sus ojos estaban abiertos y eran completamente negros. Cuando inclinó la cabeza, pareció volver a transformarse en tres personas diferentes… Imágenes brumosas y fueras de enfoque se juntaban, como el retrato de una persona en movimiento.
— ¿Quién eres tú? —los dedos de Hazel agarraron la empuñadura de su espada—. Quiero decir… ¿Qué diosa?
Por lo menos Hazel estaba segura. La mujer irradiaba poder. Todo a su alrededor— la Niebla en vórtice, la tormenta monocromática y el brillo fantasmagórico de las ruinas — eran por causa de su presencia.
—Ah—la mujer asintió con la cabeza—. Te voy a dar un poco de luz.
Ella levantó las manos. Súbitamente, aparecieron dos anticuadas antorchas de junco encendidas. La Niebla se retiró a los bordes del patio. Junto a las sandalias de la mujer, dos animales tomaron formas sólidas. Uno era un labrador negro. El otro era un roedor largo, gris y peludo, con una máscara blanca alrededor de su rostro. ¿Un hurón, tal vez?
La mujer dio una sonrisa serena.
—Soy Hécate, diosa de la magia. Tenemos mucho que conversar si quieres sobrevivir esta noche.

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