sábado, 12 de octubre de 2013

La Casa de Hades- XII Leo


XII
LEO

Los enanos no hicieron su mejor esfuerzo para perderlo, lo cual hizo que Leo sospechara. Se quedaron sólo en el rabillo de su ojo, corriendo por los tejados rojos, derribando jardineras, chillando y gritando, dejando un rastro de tornillos y clavos del cinturón de Leo – casi como si quisieran que Leo los siguiera.
Corrió tras ellos, maldiciendo cada vez que sus pantalones caían. Dobló una esquina y vio dos antiguas torres de piedras que sobresalían hacia el cielo, una al lado de la otra, mucho más altas que cualquier cosa en el barrio – ¿tal vez torres medievales de vigilancia? Se inclinaban en diferentes direcciones, como cambios de marcha en un coche de carreras.
Los Kerkoples escalaron la torre de la derecha. Cuando llegaron a la cima, escalaron a la parte de atrás y desaparecieron.
¿Se habrían metido en ellas? Leo pudo ver algunas pequeñas ventanas en la parte superior, protegidas con rejillas metálicas, pero dudaba que eso detuviera a los enanos. Observó por un minuto, pero los Kerkopes no volvieron a aparecer.
Lo que significaba que Leo tendría que llegar hasta allí a buscarlos.
-Estupendo- murmuró. No tenía a su amigo volador para subirlo. El barco estaba demasiado lejos como para pedir ayuda.
Podía convertir la esfera de Arquímedes en algún aparato volador, tal vez, pero solo con su cinturón de herramientas – que no tenía. Echó un vistazo a la zona, tratando de pensar. Media manzana detrás, un conjunto de puertas dobles de cristal se abrieron y una anciana salió cojeando, con bolsas de compras.
¿Una tienda de comestibles? Hmm...
Leo palpó sus bolsillos. Para su asombro, todavía tenía unos euros de su estancia en Roma.
Esos estúpidos enanos habían robado todo menos su dinero.
Fue corriendo a la tienda tan rápido como sus pantalones sin cremallera se lo permitían.
Leo recorrió los pasillos, en busca de cosas que podría utilizar. No sabía el italiano para hola, ¿donde se encuentran los productos químicos peligrosos, por favor? Pero probablemente eso fuera lo mejor. No quería acabar en una cárcel italiana.
Afortunadamente, no era necesario leer las etiquetas. Podía decir solo con coger un tubo de pasta de dientes si contenía nitrato de potasio. Encontró carbón de leña, azúcar y bicarbonato de sodio. La tienda vendía cerillas y repelente de insectos y papel de aluminio. Casi todo lo que necesitaba, además de un cable que podría usar como cinturón. Añadió un poco de comida chatarra italiana a la canasta, solo para disimular sus sospechosas compras. Luego arrojó sus cosas en la caja. Con los ojos muy abiertos la cajera le preguntó cosa que el no entendía, pero se las arregló para pagar, coger una bolsa y salir corriendo.
Se metió en la entrada más cercana de donde podría vigilar las torres.
Empezó a trabajar, convocar fuego para secar los materiales y hacer un poco de comida que de otro modo le habría llevado días completar.
De vez en cuando echaba un vistazo a la torre, pero no había ni rastro de los enanos. Leo solo podía esperar que aun se encontraran allí. Hacer su arsenal le llevó unos minutos – lo cual era bueno- pero se sentía como horas.
Jason no llegó. Tal vez todavía estaba enredado en la fuente de Neptuno o recorriendo las calles en busca de Leo. Nadie del barco vino a ayudar. Probablemente les tomó mucho tiempo quitar todas esas bandas de goma color rosa del pelo del entrenador Hedge.
Eso significaba que Leo solo se tenía a sí mismo, su bolsa de comida chatarra y unas pocas armas muy improvisadas de azúcar y pasta de dientes, ah y la esfera de Arquímedes. Eso era algo importante. Esperaba no haberla arruinado llenándola de polvo químico.
Corrió a la torre y encontró la entrada. Empezó a subir la escalera de caracol en el interior, solo fue detenido en una taquilla por algún guardia que le gritó en italiano.
“¿En serio?” Preguntó Leo. “Mira, hombre, tienes enanos en el campanario. Soy el exterminador”. El levantó la lata de repelente de insectos. “¿Ves? Exterminaator Molto Buono. Squirt, squirt. Ahhh!” Hizo una pantomima de un enano sumido en el terror, que por aguna razón el italiano no parecía entender.
El hombre solo extendió la mano para recibir un soborno.
“demonios, hombre” gruño Leo, “Acabo de gastar todo mi dinero en explosivos caseros y otras cosas.” El escarbó en el interior de sus compras. “Supongo que no aceptaras... eh... ¿qué es esto?”
Leo levantó una bolsa de color amarillo y rojo de la comida chatarra llamada Fonzies. Supuso que eran una especie de papas fritas. Para su sorpresa, el vigilante se encogió de hombros y tomó la bolsa.
“¡Avanti!”
Leo siguió subiendo, pero hizo una nota mental para abastecerse de Fonzies. Al parecer eran más efectivas que el efectivo en Italia.
Las escaleras iban e iban e iban. Toda la torre parecía ser nada más que una excusa para construir una escalera.
Se detuvo en un rellano y se desplomó contra una ventana enrejada, tratando de recuperar el aliento. Él estaba sudando como un loco, y su corazón latía contra sus costillas. Kerkopes estúpidos. Leo pensó que tan pronto como llegara a la cumbre saltarían antes de que pudiera usar sus armas, pero tenía que intentarlo.
Él seguía subiendo.
Por último, sus piernas se sentían como fideos cocidos, al llegar a la cima.
La habitación era del tamaño de un armario de escobas, con ventanas con barrotes en las cuatro paredes. Recostados en las esquinas habían sacos de tesoros, chucherías brillantes  se derramaban por el suelo. Leo vio el cuchillo manchado de Piper, un viejo libro forrado en cuero, unos dispositivos mecánicos   – que lucían interesantes -  y el oro suficiente para dar al caballo de Hazel un dolor de estómago.
Al principio, pensó que los enanos se habían ido. Luego alzó la vista. Akmon y Passalos colgaban boja abajo del techo con sus pies de chimpancé, jugando al poker antigravedad. Cuando vieron a Leo, que tiró sus cartas como confeti y estalló en aplausos.
-¡Te dije que lo haría! – Akmon gritó de alegría.
Passalos se encogió de hombros y se quitó uno de sus relojes de oro y se lo entregó a su hermano. “Ganaste. Yo no creí que fuera tan tonto.”
Ambos cayeron al suelo. Akmon llevaba el cinturón de herramientas de Leo – estaba tan cerca que Leo tenía que resistir la tentación de lanzarse hacia el.
Passalos se enderezó el sombrero vaquero y abrió de una patada la reja de la ventana más cercana. ¿Qué debemos hacer que suba ahora, hermano? ¿ A la cúpula de San Lucas?
Leo quería extrangular a los enanos, pero con una sonrisa forzada dijo “¡Oh, eso suena divertido! Pero, antes de que vayan, olvidan algo brillante”.
“¡Imposible!” Akmon frunció el ceño. “Fuimos muy meticulosos.”
“¿Estas seguro?” Leo levantó la bolsa de compra.
Los enanos se acercaron más. Como Leo había esperado, Su curiosidad fue tan grande que no pudieron resistir.
“Miren.” Leo sacó su primer arma – un bulto de químicos secos envueltos en papel aluminio -  y lo encendió con la mano.
Él sabía lo suficiente como para darle la espalda cuando estalló, pero los enanos estaban mirando justo hacia allí. La pasta de dientes, el azúcar y repelente de insectos no eran tan buenos como la música de Apolo, pero hicieron un flash-bang bastante decente.
Los Kerkopes gemían, arañando sus ojos. Ellos tropezaron con la ventana, pero Leo hizo explotar sus petardos caseros – enganchándolos a los pies descalzos de los enanos para mantenerlos fuera de balance. Entonces, por si acaso, Leo giró el disco sobre su esfera  de Arquímedes, que desató una columna de fétida niebla blanca que llenaba la sala.
A Leo no le afectó el humo. Siendo inmune al fuego, se había enfrentado a hogueras humeantes, soportado el aliento de dragón y limpiado una forja ardiente un montón de veces. Mientras que los enanos estaban sofocándose, agarró su cinturón de herramientas de Akmon, con calma convocó algunas cuerdas elásticas y ató a los enanos.
“¡Mis ojos!” Tosió Akmon. “¡Mi cinturón de herramientas!”
“¡Mis pies están en llamas!” Gimió Passalos. “¡No es brillante! ¡No es brillante en absoluto!”
Despues de asegurarse de que estaban firmemente unidos, Leo arrastró a los Kerkoples en una esquina y comenzó a rebuscar en sus tesoros. Sacó la daga de Piper, algunos de sus prototipos de granadas y una docenas de cachivaches que los enanos habían tomado del Argo II.
“¡Por favor!” Gimió Akmon. “¡No tome nuestros brillantes!”
“¿Haremos un trato?-Sugirió Passalos.- Le daremos el diez por ciento si nos deja ir”
“No me preocupan - murmuró Leo – todo es mio.”
“El veinte por ciento”
En ese momento, un trueno retumbó por encima. Cayó un rayo, y las barras de las ventanas chisporrotearon, los trozos de hierro se derritieron.
Jason voló como Peter Pan, él y su espada de oro chispeaban y humeaban.
Leo silbó con admiración. “Hombre, acabas de hacer una entrada asombrosa.”
Jason frunció el ceño. Se dio cuenta de los Kerkoples atados como cerdos atados. “que fue-“
“Completamente solo”, dijo Leo. “Yo soy especial de esa manera. ¿Cómo me has encontrado?”
“Uh, el humo,” dijo Jason. “Y oí estallidos. ¿hubo un tiroteo aquí?”
-Algo así. “Leo le arrojó la daga de Piper, y luego siguió hurgando en las bolsas de los objetos brillantes de los enanos. Recordó lo que Hazel había dicho sobre encontrar un tesoro que les ayudaría en su búsqueda, pero no estaba seguro de lo que tenía que buscar. Había monedas, pepitas de oro, joyería, clips de papel, envoltorios de aluminio, mancornas.
El se regresaba hacia un par de cosas que no parecían similares. Una de ellas era un viejo dispositivo de navegación de bronce, como un astrolabio de un barco. Estaba muy dañado y parecían faltarle algunas piezas, pero Leo todavía lo encontraba fascinante.
“Tómalo” Ofreció Passalos. “Ulises lo hizo ¿sabes? Tómalo y déjanos ir.”
“¿Ulises?” Jason preguntó. “¿Cómo el de La Odisea?”
“¡Sí!”  Chilló Passalos. “Lo hizo cuando era un anciano en Itaca. Una de sus últimas invenciones, y lo robamos”
“¿Cómo funciona?” Preguntó Leo.
“Oh, no,” dijo Akmon. “¿Algo sobre un cristal que falta?” Él miró a su hermano para pedir ayuda.
““Mi mayor que-pasaría-si”,-dijo Passalos.-“Debería haber tomado un cristal.” Eso es lo que él murmuraba en su sueño, la noche que lo robamos. -Passalos se encogió de hombros.-No tengo ni idea de lo que quería decir. ¡Pero el brillante es tuyo! ¿Nos podemos ir ahora?
Leo no estaba seguro de por qué quería el astrolabio. Obviamente, estaba roto, y él no tenía el presentimiento de que esto era lo que quería decir Hécate que encontraran.  Aún así, se lo guardó en uno de los bolsillos mágicos de su cinturón de herramientas.
Volvió su atención a la otra extraña pieza de botín - el libro encuadernado en cuero. Su título estaba escrito en oro, en un idioma que Leo no podía entender, pero nada más en el libro parecía brillante. Él no veía a los Kerkopes como grandes lectores.
“¿Qué es esto?” Lo agitó hacia los enanos, que estaban todavía con los ojos llorosos por el humo.
“Nada,” Dijo Akmon. “Sólo un libro. Tenía una cubierta de oro bonita, así que se lo quité a él”
“¿Él? Preguntó Leo.
Akmon y Passalos intercambiaron una mirada nerviosa.
“Un dios menor ", dijo Passalos. "En Venecia. No es nada, en serio"
"Venecia". Jason frunció el Leo. ¿No es donde se supone que debemos ir ahora? "
“Si.” Leo examinó el libro. No podía leer el texto, pero tenía un montón de ilustraciones: guadañas, diferentes plantas, una imagen del sol, un equipo de bueyes que tiraban de un carro. No vio cómo nada de eso era importante, pero si el libro había sido robado de un dios menor en Venecia - el próximo lugar Hécate había dicho que visitaran - entonces esto tenía que ser lo que ellos estaban buscando.
¿Dónde exactamente podemos encontrar este dios menor?-Preguntó Leo.
“¡No!” Chilló Akmon. “¡No lo pueden devolver! Si se entera de lo robamos -’
"Él los destruirá", adivinó Jason. “Que es lo que vamos a hacer si no nos dices, y nosotros estamos mucho más cerca." Presionó la punta de su espada contra la garganta de Akmon peludo.
"¡Está bien, está bien!" Gritó el enano. “¡La Casa Nera! Calle Frezzeria!”
¿Eso es una dirección? - Preguntó Leo.
Ambos enanos asintieron vigorosamente.
“Por favor, no le diga que lo robamos,” suplicó Passalos. “No es para nada bueno”
“¿Quién es él?” Preguntó Jason. “¿Qué dios?”
“Yo – yo no puedo decirlo – tartamudeó Passalos.
"Más te vale-advirtió Leo.
-No-dijo Passalos miserablemente. –“Quiero decir, realmente no puedo decirlo. ¡No puedo pronunciarlo! Tr - Tri - ¡Es muy difícil!
“Truh, dijo Akmon. "Tru-toh - ¡Demasiados sílabas!
Ambos se echaron a llorar.
Leo no sabía si los Kerkopes decían la verdad, pero era difícil estar enojado con enanos llorando, por muy molestos y mal vestidos que fueran.
Jason bajó la espada. “¿Qué es lo que quieres hacer con ellos Leo? ¿Enviarlos al Tártaro?
-¡Por favor, no!” Se lamentó Akmon. “Nos tomaría semanas volver.”
“¡Suponiendo que Gea nos lo permitiera! Passalos sollozó. “Ella controla las puertas de la muerte ahora. Se cruzará con nosotros”.
Leo miró a los enanos. Había luchado con un montón de monstruos antes y nunca se sintió mal por disolverlos, pero esto era diferente. Tuvo que admitir que sentía algo de admiración por estos pequeños individuos. Jugaban bromas guay y les gustaban las cosas brillantes. Leo se podía identificar. Además, Percy y Annabeth estaban justo en  el Tártaro ahora, esperaba que todavía vivieran, caminando hacia las puertas de la muerte. La idea de enviar a estos chicos gemelos-mono allí a enfrentarse a la misma pesadilla de problema... bueno, no le parecía bien.
Imaginó a Gea riéndose de su debilidad – un semidiós con un corazón demasiado bueno como para matar monstruos. Él se acordó de su sueño sobre el Campamento Mestizo en ruinas y cuerpos griegos y romanos esparcidos por los campos.
Recordó a Octavian hablar con la voz de la Diosa de la Tierra: los romanos se mueven al este de Nueva York. Avanzan hacia su campamento, y nada puede frenarlos.
“Nada puede frenarlos,” reflexionó Leo.-Me pregunto...”
“¿Qué?” preguntó Jason.
Leo miró a los enanos. –Les propongo un trato.”
Los ojos de Akmon se iluminaron. ”¿Treinta por ciento?”
“Les dejamos todo su tesoro,” Leo dijo:”salvo las cosas que nos pertenecen y el astrolabio y este libro, que devolveremos al tipo de Venecia.”
“¡Pero él nos destruirá!” Se lamento pasalos.
“No vamos a decir donde lo conseguimos”, prometió Leo. “Y no vamos a matarlos. Los dejaremos libres.”
“¿Uh, Leo...?” Jason preguntó nerviosamente.
Akmon gritaba de alegría. – ¡Sabía que eras inteligente como Hércules! Te llamaré Trasero Negro, la secuela.”
“Si, no, gracias”, dijo Leo. “Pero a cambio de perdonar sus vidas, tienen que hacer algo por nosotros. Los enviaré a un lugar para que roben a algunas personas, acósenlos, hagan la vida más difícil para ellos de cualquier forma que puedan. Tienen que seguir mis instrucciones al pie de la letra. Y tienen que jurar por el ría estigio.
“¡Juramos! Dijo Passalos. “Robar a las personas es nuestra especialidad”
“¡Me encanta el acoso! Acordó Akmon. “¿A dónde vamos?”
Leo sonrió. “¿Han oído hablar de Nueva York?”

1 comentario:

  1. sdfsagasdf solo miré por si acaso, y me encontré con este cap! xDD mi amor por ustedes ha crecido aun más! *^*

    ResponderEliminar