miércoles, 16 de octubre de 2013

La Casa de Hades- XVIII Frank

XVIII
FRANK
A FRANK TAL VEZ LE HABRIA GUSTADO Venecia si no estuviera en verano y en temporada  turística, y si la cuidad no estuviera llena de criaturas grandes y peludas. Entre las filas de casas viejas y los canales, los pavimentos de piedra ya estaban lo suficientemente estrechos como para las multitudes empujándose unos a otros y parando a tomarse fotos. Los monstruos hacían las cosas peores. Ellos se movían de un lado a otro con las cabezas gachas, chocando contra los mortales y olisqueando el suelo.
Uno pareció encontrarse algo y lamerlo en el borde del canal. El mordisqueó y lamió entre las piedras hasta que se desprendió algo que parecía un tipo de raíz verdosa. El monstruo lo chupó con alegría y caminó de nuevo arrastrando los pies.
–Bueno, son herbívoros – dijo Frank – esas son buenas noticias.
Hazel entrelazó su mano con la de él.
–A menos que suplanten su dieta con semidioses. Esperemos que no.
Frank estaba tan contento de estar sosteniendo su mano, que la multitud y el calor y los monstruos de pronto no parecían estar tan mal. Él se sentía necesario – útil.
No es que Hazel necesitara protección. Cualquiera que la viera montada en Arión con su espada desenvainada sabría que ella podría cuidarse a sí misma. Aun así, a Frank le gustaba estar a su lado, imaginando que era su guardaespaldas. Si alguno de estos monstruos tratara de herirla, Frank se transformaría en un rinoceronte y los empujaría al canal.
¿Podía ser un rinoceronte? Frank nunca había intentado eso.
–Ahí – Nico paró.
Ellos entraron en una calle más pequeña, Frente a ellos había una pequeña plaza con edificios de cinco pisos. El área estaba extrañamente desierta – como si los mortales pudieran sentir que no era seguro. En medio del patio, una docena de criaturas vaca-peludas estaban olfateando alrededor de la base con musgo de un viejo pozo de piedra
–Muchas vacas en un solo lugar – dijo Frank
–Sí, pero mira – dijo Nico – Pasando ese arco
Los ojos de Nico debían estar mejor que los suyos. Frank entrecerró los ojos. En el lejano final de la plaza, un arco de piedra tallado con leones se dirigía a una calle estrecha. Justo pasando la arcada, una de las casas de la cuidad estaba pintada de negro – el único edificio negro que Frank había visto en toda Venecia. ―la Casa Nera- adivinó.
–No me gusta esa plaza - Hazel apretó sus dedos. – se siente… fría.
Frank no estaba seguro de a lo que se refería. El aún estaba sudado como loco.
Pero Nico inclinó la cabeza. Él estudió las ventanas de la casa, la mayor parte de ellas estaba cubierta de persianas de madera.
–Tienes razón Hazel. Este vecindario está repleto de lemures.
–¿Lémures? – preguntó Frank nerviosamente – ¿Supongo que no te refieres a los pequeños individuos peludos de Madagascar?
–Fantasmas enojados – dijo Nico – los Lemures nos remontan a la época romana. Ellos rondaban por muchas ciudades italianas, pero nunca había sentido tantos en el mismo lugar. Mi madre me dijo…–él dudó – Ella solía contarme historias acerca de los fantasmas de Venecia.
De nuevo, Frank se preguntó acerca del pasado de Nico, pero siempre tenía miedo de preguntar. El captó la mirada de Hazel. Adelante, eso parecía estarle diciendo. Nico necesitaba aprender a hablar con las personas.
Los sonidos de rifles de asalto y bombas atómicas de hicieron más fuertes en su cabeza. Marte y Ares estaban intentando vencer cantando al otro con “Dixie” y “el himno de la batalla de la república”. Frank se esforzó para echarlos de lado.
–Nico, ¿Tu mamá era italiana? – aventuró–¿Ella era de Venecia?
Nico asintió de mala gana
–Ella conoció a Hades aquí, en 1930. Mientras la segunda guerra mundial se acercaba más, ella se fue a E.U. con mi hermana y conmigo. Me refiero… Bianca, mi otra hermana. No recuerdo mucho acerca de Italia, pero puedo hablar este lenguaje.
Frank intentó pensar en una buena respuesta. Oh, eso está bien no parecía cortar la conversación. Él estaba ahí no con uno, sino con dos semidioses que habían esquivado al tiempo. Los dos eran, técnicamente, cerca de setenta años más viejos de lo que él era.
–Debió haber sido difícil para tu madre – dijo Frank – Imagino que haríamos lo que fuera por alguien a quien amamos.
Hazel acarició su mano. Nico observó unos guijarros.
–Si – dijo amargamente – supongo que lo haríamos.
Frank no estaba seguro de que era lo que estaba pensando Nico. Le era muy difícil imaginar a Nico di Angelo haciendo un acto de amor por alguien, excepto tal vez por Hazel. Pero Frank decidió que había ido tan lejos como se atrevía con las preguntas personales.
–Entonces, los lemures… - Frank dijo - ¿Cómo los evitamos?
–Estoy en eso – dijo Nico – Les estoy enviando el mensaje de que deben quedarse lejos e ignorarnos. Esperemos que sea suficiente. De otra forma… las cosas podrían ponerse mal.
–Sigamos adelante – sugirió Hazel
A mitad del camino por la plaza, todo se puso mal, pero no tuvo nada que ver con fantasmas.
Ellos estaban rodeando el pozo en medio de la plaza, intentando darles a las vacas monstruo su espacio, cuando Hazel se tropezó con un guijarro. Frank la atrapó. Seis o siete de las grandes bestias grises voltearon para verlos. Frank vio un ojo verde y brillante debajo de la melena de uno, e instantáneamente fue golpeado por una ola de nauseas, se sentía como si hubiera comido demasiado queso o helado.
Las criaturas comenzaron a hacer sonidos profundos desde sus gargantas como de sirenas.
–Lindas vacas – murmuró Frank. Se puso a si mismo entre sus amigos y los monstruos.
–Chicos, estoy pensando que deberíamos volver lentamente.
–Soy tan torpe – susurró Hazel – perdón
–No es tu culpa – dijo Nico – mira hacia tus pies
Frank miró abajo y contuvo su aliento.
Debajo de sus zapatos, las piedras del pavimento se estaban moviendo. Unas plantas espinosas se empujaban hacia arriba por las grietas. Nico dio un paso atrás. Las raíces serpentearon en su dirección, tratando de seguirlo. Los tentáculos se hicieron más gruesos, sacando un vapor verde humeante que olía como a col hervida.
–A estas raíces parecen gustarles los semidioses – notó Frank. La mano de Hazel se deslizo hacia la empuñadura de su espada.
–Y a las vacas monstruo les gustan las raíces.
Ahora todas las criaturas estaban mirando en su dirección, haciendo esos sonidos y estampando sus pezuñas. Frank entendió el comportamiento de los animales lo suficiente para captar el mensaje: Están parados sobre nuestra comida, eso los hace nuestros enemigos.
Frank intentó pensar. Eran muchos monstruos como para pelear. Había algo en esos ojos escondidos en esas crines… Frank se había enfermado con darles un pequeño vistazo. Tenía un mal presentimiento de que si los animales hacían contacto directo a los ojos, él tendría algo mucho peor que solo nauseas.
–No los vean a los ojos – les advirtió Frank – Los voy a distraer. Ustedes dos diríjanse lentamente hacia la casa negra.
Las criaturas se tensaron, listas para atacar
–No lo piensen – dijo Frank – ¡Corran!
Resultó que Frank no se pudo transformar en rinoceronte, y perdió valioso tiempo intentándolo.
Nico y Hazel corrieron hacia la calle lateral. Frank se puso delante de los monstruos, con la esperanza de captar su atención. Él gritó con toda la fuerza de sus pulmones, imaginándose a sí mismo como un rinoceronte temible, pero con Ares y Marte gritando en su cabeza no podía concentrarse. Permaneció como el Frank de siempre.
Dos de las vacas monstruo salieron del grupo para perseguir a Nico y Hazel
–¡No! – Gritó él - ¡Yo! ¡Yo soy el rinoceronte!
El resto de la manada rodeó a Frank. Gruñeron, un gas verde esmeralda salía de sus fosas nasales. Frank dio un paso atrás para evitar la cosa, pero el hedor casi le derribó.
Muy bien, así que no un rinoceronte. Algo más. Frank sabía que tenía sólo unos segundos antes de que los monstruos lo pisotearan o envenenaran, pero no se le ocurría. Él no pudo contener la imagen de un animal el tiempo suficiente como para cambiar de forma.
Luego miró a uno de los balcones de la ciudad y vio una cosa tallada en piedra: la mascota de Venecia.
Al instante, Frank se convirtió en un león adulto. Rugió desafiante, entonces saltó desde la mitad de la manada de vacas monstruo y aterrizó a ocho metros de distancia, en la parte superior del antiguo pozo de piedra.
Los monstruos gruñeron en respuesta. Tres de ellos saltaron a la vez, pero Frank estaba listo. Sus reflejos de león habían sido hechos para la velocidad en combate. Cortó a los dos primeros monstruos con sus garras y se hicieron polvo, luego hundió sus colmillos en la garganta del tercero y lo arrojó a un lado.
Había siete a la izquierda, además de los dos que perseguían a sus amigos. No eran un gran problema, pero Frank tenía que mantener al rebaño centrado en él. Rugió a los monstruos y se alejó.
Eran más numerosos, sí. Pero Frank era un depredador en la cima de la cadena alimenticia. La manada de monstruos lo sabía.
También acababan de ver como mandaba a tres de sus amigos al Tártaro.
Aprovechó su ventaja y saltó al pozo, aun enseñando los colmillos. La manada se retractó. Si pudiera simplemente maniobrar alrededor de ellos y después, darse la vuelta y correr detrás de sus amigos...
Lo estaba haciendo bien, hasta que dio su primer paso hacia atrás, hacia el arco. Una de las vacas, una de las más valientes o las más estúpidas, tomó esto como una señal de debilidad. Cargó contra él y le disparó el gas verde a Frank en la cara.
Cortó al monstruo y se hizo polvo, pero el daño ya estaba hecho. Se obligó a no respirar. De todos modos, podía sentir la piel de su hocico quemándose. Sus ojos ardían. Se tambaleó hacia atrás, medio ciego y mareado, apenas consciente de Nico gritando su nombre.
– ¡Frank! ¡Frank!
Trató de concentrarse. Estaba de nuevo en su forma humana, dando arcadas y tropezando. Su cara se sentía como si estuviera despegándose. Frente a él, la nube verde de gas flotó entre él y la manada. El resto de los monstruos vaca lo miraron con recelo, probablemente preguntándose si Frank tenía más trucos bajo la manga.
Miró hacia atrás. Bajo el arco de piedra, Nico di Angelo estaba sosteniendo su espada negra de hierro estigio, haciéndole señas a Frank para que se diera prisa. A los pies de Nico, dos charcos de oscuridad teñían la tierra sin duda eran los restos de los monstruos vaca que los habían perseguido.
Y Hazel... estaba apoyada contra la pared detrás de su hermano. Ella no se movía. Frank corrió hacia ellos, olvidándose de la manada monstruo. Pasó junto a Nico y tomó a Hazel de los hombros. Su cabeza cayó sobre su pecho.
–Ella recibió una explosión de gas verde en la cara- dijo Nico miserablemente. – Yo… yo no fui lo suficientemente rápido
Frank no podía decir si estaba respirando. La rabia y la desesperación luchaban en su interior. Siempre había tenido miedo de Nico. Ahora quería lanzar de una patada al hijo de Hades en el canal más cercano. Tal vez no era justo, pero a Frank no le importaba. Tampoco que los dioses de la guerra siguieran gritando en su cabeza.
–Tenemos que llevarla de vuelta a la nave - dijo Frank.
La manada de vacas monstruo estaba merodeando con cautela más allá del arco. Ellos bramaban a gritos. De las calles cercanas, respondieron más monstruos. Los refuerzos pronto tendrían a los semidioses rodeados.
–Nunca llegaremos a pie–dijo Nico. –Frank, conviértete en un águila gigante. No te preocupes por mí. ¡Llévala de regreso al Argo II!
Con su rostro ardiendo y las voces gritando en su mente, Frank no estaba seguro de poder cambiar de forma, pero estaba a punto de tratar cuando una voz detrás de ellos dijo:
–Tus amigos no pueden ayudarte. Ellos no conocen la cura. -
Frank se dio la vuelta. De pie en el umbral de la Casa Negra estaba un hombre joven en pantalones vaqueros y una camisa vaquera. Tenía el pelo negro y rizado y una sonrisa amable, aunque Frank dudaba que fuera amable. Probablemente ni siquiera era humano. Por el momento, a Frank no le importaba.
–¿Puedes curarla? – preguntó
–Por supuesto – dijo el hombre–Pero es mejor darse prisa e ir al interior. Creo que has enfadado a cada katobleps en Venecia.

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