miércoles, 16 de octubre de 2013

La Casa de Hades- XX Frank

XX
FRANK
FRANK SALIO A TROMPICONES DE LA CASA NEGRA. La puerta se cerró detrás de él, y se desplomó contra la pared, sin superar la culpa. Afortunadamente los katoblepones ya no estaban, o de otra forma él podría haberse quedado sentado allí y dejado que lo pisotearan. No se merecía nada mejor. Había dejado a Hazel en el interior, muriendo e indefensa, a merced de un dios loco agricultor.
¡Mata a los agricultores! Ares gritó en su cabeza.
¡Vuelve a la legión y lucha contra los griegos! Dijo Marte. ¿Qué estamos haciendo aquí?
¡Mata a los agricultores! Ares gritó de nuevo.
– ¡Cállense! –Frank gritó en voz alta. – ¡Ustedes dos!
Un par de señoras mayores con bolsas de la compra pasaban por ahí. Le dieron a Frank una extraña mirada, murmuraron algo en italiano y siguieron su camino. Frank se quedó mirando miserablemente la espada de caballería de Hazel, que yacía a sus pies junto a su mochila. Podía correr y volver al Argo II y obtener ayuda de Leo. Quizá Leo podía arreglar el carro.
Pero Frank de alguna manera sabía que no era asunto de Leo. Era tarea de Frank. Tenía que demostrárselo a sí mismo. Además, el carro no estaba roto exactamente. No había ningún problema mecánico. Faltaba una serpiente.

Frank podría transformarse en una serpiente pitón. Cuando se había despertado esa mañana como una serpiente gigante, tal vez había sido una señal de los dioses. No quería pasar el resto de su vida girando la llanta del carro de un granjero, pero si eso significa salvar Hazel...
No. Tenía que haber otra manera.
Serpientes, pensó Frank. Marte.
¿Su padre tenía alguna conexión con las serpientes? El animal sagrado de Marte era el jabalí, no la serpiente. Sin embargo, Frank estaba seguro de haber oído algo alguna vez...
Solo podía pensar en una sola persona a la que preguntar. A regañadientes, abrió su mente a las voces de los dioses de la guerra.
Necesito una serpiente, les dijo. ¿Cómo?
¡Ha, ha! Ares gritó. ¡Sí, la serpiente!
Al igual que el vil Cadmo, dijo Marte. ¡Lo castigamos por matar a nuestro dragón!
Los dos empezaron a gritar, hasta que Frank pensó que su cerebro se dividía por la mitad.
– ¡Está bien! ¡Paren!
Las voces callaron.
–Cadmo – murmuró Frank. –Cadmo...
La historia volvió a él. El semidiós Cadmo había matado a un dragón que resultó ser un hijo de Ares. ¿Cómo Ares había terminado con un dragón como hijo?, Frank no quería saberlo, pero como castigo por la muerte del dragón de Ares convirtió a Cadmo en una serpiente.
–Así que puedes convertir a tus enemigos en serpientes –dijo Frank. -Eso es lo que necesito. Necesito encontrar a un enemigo. Entonces necesito que lo conviertas en una serpiente.
¿Crees que haría eso por ti? –Ares rugió. – ¡No has demostrado tu valía!
Sólo el héroe más grande puede pedir eso como un favor, dijo Marte. ¡Un héroe como Rómulo!
¡Muy romano! Ares gritó. ¡Diomedes!
¡Nunca! Marte le gritó. ¡Ese cobarde fue derrotado por Heracles!
Horacio, sugirió Ares en ese momento.
Marte se quedó en silencio. Frank sintió que habían llegado a un acuerdo a regañadientes.
–Horacio– dijo Frank. –Muy bien. Si eso es lo que se necesita, voy a demostrar que soy tan bueno como Horacio. Uh... ¿qué fue lo que hizo?
Imágenes inundaron la mente de Frank. Vio un guerrero solitario parado en un puente de piedra, frente a todo un ejército masivo en el lado opuesto del río Tíber.
Frank recordó la leyenda. Horacio, el general romano, había enfrentado el solo a una horda de invasores, se sacrificó en el puente para mantener a los bárbaros sin cruzar el río Tíber. Les dio a sus compañeros Romanos tiempo para terminar sus defensas, había salvado la República.
Venecia es invadida, dijo Marte, como Roma lo iba a ser. ¡Límpiala!
¡Destrúyelos a todos! Dijo Ares. ¡Pónlos contra la espada!
Frank empujó las voces al fondo de su mente. Se miró las manos y se sorprendió de que no estuvieran temblando.
Por primera vez en varios días, sus pensamientos eran claros. Sabía exactamente lo que tenía que hacer. No sabía cómo iba a lograrlo. Las probabilidades de morir eran excelentes, pero tenía que intentarlo. La vida de Hazel dependía de él.
Él ató la espada de Hazel a su cinturón, transformó su mochila en un carcaj y arco, y corrió hacia la plaza, donde habían luchado contra los monstruos vacas.
El plan tenía tres fases: peligroso, muy peligroso e increíblemente peligroso.
Frank se detuvo en el viejo pozo de piedra. No había katoblepones a la vista. Sacó la espada de Hazel y la utilizó para mover algunos guijarros, desenterrando una gran maraña de raíces puntiagudas. Los zarcillos se desplegaron, exudando sus vapores verdes apestosos y se deslizaron hacia los pies de Frank.
A lo lejos, los gemidos de los katoblepones llenaron el aire. Otros se unieron desde todas las direcciones. Frank no estaba seguro de cómo los monstruos podrían saber que estaba cosechando su comida favorita… Quizás tenían un excelente sentido del olfato.
Tenía que actuar con rapidez ahora. Él cortó un largo racimo de lianas y los ató a través de uno de sus lazos del cinturón, tratando de ignorar el ardor y la picazón en las manos. Pronto tuvo un brillante y apestoso lazo de hierbas venenosas. Hurra.
Los primeros katoblepones entraron pesadamente en la plaza, gritando con rabia. Los ojos verdes brillaban bajo las crines. Sus largos hocicos soplaban nubes de gas, al igual que máquinas de vapor peludas.
Frank colocó una flecha. Tuvo una momentánea punzada de culpabilidad. Estos no eran los peores monstruos que había conocido. Eran básicamente animales de pastoreo que se hicieron venenosos.
Hazel está muriendo a causa de ellos, se recordó.
Él dejó volar la flecha. El katoblep más cercano se derrumbó, desmoronándose en polvo. Él colocó una segunda flecha, pero el resto de la manada estaba casi encima de él. Más estaban entrando a la plaza desde la dirección opuesta.
Frank se transformó en un león. Él rugió desafiante y saltó hacia el arco, directamente sobre las cabezas de la segunda manada. Los dos grupos de katoblepones se estrellaron entre sí, pero se recuperaron y corrieron tras él rápidamente.
Frank no había estado seguro de que las raíces seguirían oliendo cuando cambiara de forma. Por lo general, su ropa y posesiones sólo se fundían en su forma animal, pero al parecer aún olía como una cena de veneno delicioso. Cada vez que pasaba junto a katoblepones, ¡estallaban en indignación y se unían a dar muerte a Frank!
Un festival.
Dio la vuelta a una calle más grande y se empujó entre las multitudes de turistas. Lo que los mortales veían, no tenía ni idea… ¿un gato perseguido por una jauría de perros? Las personas maldijeron a Frank en unos doce idiomas diferentes. Conos de helado salieron volando. Una mujer tiró una pila de máscaras de carnaval. Un tipo cayó en el canal.
Cuando Frank miró hacia atrás, tenía por lo menos dos docenas de monstruos en la cola, pero él necesitaba más. Él necesitaba a todos los monstruos en Venecia, y que tenía que mantener a los que estaban tras él enfurecidos.
Encontró un lugar abierto entre la multitud y se convirtió en un ser humano. Sacó la spatha de Hazel, nunca había sido su arma preferida, pero era lo suficientemente grande y lo suficientemente fuerte como para que la pesada espada de caballería no le molestara. De hecho, estaba contento por el alcance adicional. Cortó con la hoja de oro, destruyendo a los primeros katoblepones y dejó que los demás se amontonaran frente a él.
Trató de evitar sus ojos, pero podía sentir su mirada ardiendo en él. Pensó que si todos estos monstruos respiraban sobre él a la vez, su nube nociva combinada sería suficiente para fundirlo en un charco. Los monstruos siguieron adelante y se estrellaron unos contra los otros.
Frank gritó
– ¿Quieren mis raíces venenosas? ¡Vengan a por ellas!
Él se convirtió en un delfín y saltó al canal. Esperaba que los katoblepones no supieran nadar. Por lo menos, parecían renuentes a seguirle, y él no podía culparlos. El canal era asqueroso: olía mal, era salado y estaba tan caliente como sopa, pero Frank nadó a través de él, esquivando góndolas y lanchas, deteniéndose ocasionalmente para chillarles insultos de delfín a los monstruos, que lo siguieron en las aceras. Cuando llegó a la góndola más cercana en el muelle, Frank se convirtió en humano de nuevo, apuñaló a otros cuantos katoblepones para mantenerlos enojados y se echó a correr.
Y así fue.
Después de un rato, Frank cayó en una especie de aturdimiento. Atrajo a más monstruos, dispersó a más multitudes de turistas y llevó a su grupo masivo de katoblepones por las sinuosas calles de la vieja ciudad.
Cada vez que necesitaba un escape rápido, se zambullía en un canal como delfín o se convertía en águila y se elevaba por encima de la manada, pero él nunca se alejó demasiado de sus perseguidores.
Cada vez que sentía que los monstruos podían estar perdiendo interés, se detenía en una azotea y disparaba su arco, deshaciendo a algunos de los katoblepones en el centro de la manada. Sacudía su lazo de lianas venenosas e insultaba el mal aliento de los monstruos, haciéndolos enfurecer. Luego continuaba la carrera.
Dio marcha atrás. Perdió su camino. Una vez dio la vuelta a una esquina y se topó con la parte final de su propia multitud de monstruos. Tendría que haber estado agotado, pero de alguna manera encontró la fuerza para seguir adelante, lo que era bueno. La parte más difícil estaba aún por llegar.
Vio  un par de puentes, pero no se veían bien. Uno estaba elevado y completamente cubierto, de ninguna manera podría conseguir canalizar a los monstruos a través de él. Otro estaba demasiado lleno de turistas. Incluso si los monstruos ignoraban a los mortales, el gas nocivo no podía ser algo bueno para respirar, para nadie. Cuanto más grande se hacía la manada, más mortal era empujados, tirados al agua o pisoteados.
Finalmente Frank vio algo que funcionaría. Un poco más adelante, más allá de una gran plaza, un puente de madera cruzaba uno de los canales más anchos. El puente en sí era un arco enrejado de madera, como una montaña rusa antigua, de unos cincuenta metros de largo.
Desde arriba, en forma de águila, Frank no vio a ningún monstruo alejado. Cada katobleps en Venecia parecía haberse unido a la manada, se empujaban por las calles detrás de él con turistas gritando y dispersándose, tal vez pensando que estaban atrapados en medio de una estampida de perros callejeros.
El puente estaba vacío. Era perfecto.
Frank cayó como una piedra y volvió a su forma humana. Corrió a la mitad del puente y lanzó su cebo de raíces venenosas a la cubierta detrás de él.
Mientras el frente de la manada katobleps llegaba a la base del puente, Frank sacó la spatha de oro de Hazel.
–¡Vamos! –Gritó. – ¿Quieren saber lo que vale Frank Zhang? ¡Vamos!
Se dio cuenta de que no sólo estaba gritándole a los monstruos. Estaba sacando semanas de miedo, rabia y resentimiento. Las voces de Marte y Ares gritaron junto con él.
Los monstruos cargaron. La visión de Frank se volvió roja.
Más tarde, no pudo recordar los detalles claramente. Él cortó monstruos hasta que tuvo los tobillos hundidos en polvo amarillo. Cada vez que él se sentía abrumado y las nubes de gas comenzaban a estrangularlo, cambiaba de forma, se convirtió en un elefante, un dragón, un león, y cada transformación parecía despejar sus pulmones, dándole un nuevo estallido de energía. Su cambio de forma llegó a ser tan fluido, que podía iniciar un ataque en forma humana con la espada y acabar como un león, rasgando con sus garras el hocico de un katobleps.
Los monstruos lo patearon con sus pezuñas. Ellos le disparaban gas nocivo y lo miraban fijamente con sus ojos venenosos. Debería haber muerto. Tendría que haber sido pisoteado. Pero de alguna manera se quedó en pie, ileso, y desató un huracán de violencia.
No sentía ningún tipo de placer con esto, pero tampoco dudaba. Él apuñalaba a un monstruo y decapitaba a otro. Se convirtió en un dragón y partió a un katobleps por la mitad, luego convertido en un elefante, pisoteó a tres a la vez bajo sus pies. Su visión todavía estaba teñida de rojo, y se dio cuenta de que sus ojos no le estaban jugando una mala pasada. De hecho, estaba brillando, rodeado de un aura rosa.
No entendía por qué, pero siguió luchando hasta que sólo había un monstruo en pie.
Frank lo enfrentó con la espada desenvainada. Estaba sin aliento, sudoroso y recubierto de polvo de monstruo, pero estaba ileso. El katobleps gruñó. No debió de ser el más inteligente. A pesar de que varios cientos de sus hermanos acababan de morir, no dio marcha atrás.
–¡Marte! – Gritó Frank–He demostrado mi valía. ¡Ahora necesito una serpiente!
Frank dudó que alguna vez alguien hubiera gritado esas palabras. Era una especie de petición extraña. No obtuvo una respuesta de los cielos. Por una vez, las voces en su cabeza estaban en silencio.
El katobleps perdió la paciencia. Se lanzó hacia Frank y no le dejó otra opción. Él cortó hacia arriba.
Tan pronto como su espada golpeó al monstruo, el katobleps desapareció en un destello de luz de color rojo sangre. Cuando la visión de Frank se aclaró, una pitón birmana moteada estaba enroscada a sus pies.
–Bien hecho–dijo una voz familiar.
De pie a unos metros de distancia estaba su padre, Marte, que lleva una boina roja y uniforme oliva con las insignias de las fuerzas especiales italianas, un rifle de asalto al hombro. Su cara era dura y angular, con los ojos cubiertos con gafas de sol oscuras.
–Padre–consiguió decir Frank.
No podía creer lo que acababa de hacer. El terror comenzó a alcanzarlo. Tenía ganas de llorar, pero supuso que no sería una buena idea hacerlo frente a Marte.
–Es natural sentir miedo. –La voz del dios de la guerra era sorprendentemente cálida, y llena de orgullo. –Todos los grandes guerreros tienen miedo. Sólo los estúpidos y los que desilusionan no. Pero tú enfrentaste tu miedo, hijo mío. Hiciste lo que tenías que hacer, como Horacio. Este fue tu puente, y lo defendiste.
–Yo–Frank no estaba seguro de qué decir. –Yo... yo sólo necesitaba una serpiente.
Una pequeña sonrisa se asomó por la boca de Marte.
“Sí. Y ahora la tienes. Tu valentía ha unido mis formas, griega y romana, aunque sólo por un momento. Ve. Salva a tus amigos. Pero escúchame, Frank. Tu mayor prueba aún está por venir. Cuando te enfrentes a los ejércitos de Gea en Epiro, tu liderazgo- “
De repente el dios se dobló, agarrándose la cabeza. Su forma parpadeó. Su uniforme se convirtió en una toga, a continuación, en una chaqueta y pantalones vaqueros de motorista. Su rifle se transformó en una espada y en un lanzacohetes.
–Agonía–Marte bramó. – ¡Ve! ¡Date prisa!
Frank no hizo preguntas. A pesar de su agotamiento, se convirtió en un águila gigante, cogió a la pitón con sus garras masivas y se lanzó al aire.
Cuando miró hacia atrás, una nube de hongo en miniatura surgió de la mitad del puente, anillos de fuego se extendieron y un par de voces, de Marte y Ares, gritaron.
– ¡Noooo!
Frank no estaba seguro de lo que había pasado, pero no tenía tiempo para pensar en ello. Voló sobre la ciudad, ahora completamente desierta de monstruos, y se dirigió a la casa de Triptolemo.
– ¡Encontraste una! –Exclamó el dios agricultor.
Frank no le hizo caso. Él irrumpió en La Casa Nera, arrastrando a la pitón por la cola como una extraña bolsa de Santa Claus, y la dejó caer a un lado de la cama.
Se arrodilló junto a Hazel. Ella todavía estaba viva, verde y temblando, casi sin respirar, pero viva. En cuanto a Nico, seguía siendo una planta de maíz.
–Sánala–dijo Frank. – Ahora.
Triptolemo se cruzó de brazos.
– ¿Cómo sé que la serpiente va a funcionar?
Frank apretó los dientes. Desde la explosión en el puente, las voces del dios de la guerra se habían quedado en silencio en su cabeza, pero él todavía sentía la ira combinada en su interior. Se sentía físicamente diferente también.
¿Triptolemo se había vuelto más pequeño?
–La serpiente es un regalo de Marte –gruñó Frank –Va a funcionar.
Como si fuera una señal, la pitón birmana se deslizó hacia el carro y se envolvió alrededor de la rueda derecha. La otra serpiente despertó. Las dos serpientes se comprobaron mutuamente, tocándose la nariz, y luego se volvieron a sus ruedas al unísono. El carruaje avanzó poco a poco, batiendo sus alas.
– ¿Lo ves? – Dijo Frank. – ¡Ahora, cura a mis amigos!
Triptolemo se tocó la barbilla.
–Bueno, gracias por la serpiente, pero no estoy seguro de que me guste tu tono, semidiós. Quizás te convierta en…
Frank fue más rápido. Se lanzó y lo estrelló contra la pared, sus dedos se cerraron alrededor de la garganta del dios.
–Piensa en tus próximas palabras – advirtió Frank, con una calma mortal. –- O, en vez de batir mi espada contra una reja, la estamparé contra tu cabeza.
Triptolemo tragó saliva.
–Sabes... creo que voy a sanar tu amigos.
–Júralo por el Estigio.
–Lo juro por el río Estigio.
Frank lo soltó. Triptolemo se tocó la garganta, como para asegurarse de que seguía allí. Frank dio una sonrisa nerviosa, lo rodeó caminando y se escabulló a la habitación principal.
–Sólo… ¡sólo recogeré las hierbas!
Frank vio como el dios recogió hojas y raíces y las aplastó en un mortero. Hizo una bola de pegote verde del tamaño de una píldora y corrió al lado de Hazel. Él puso la cosa bajo la lengua de Hazel.
Al instante, ella se estremeció y se sentó, tosiendo. Sus ojos se abrieron. El color verdoso de su piel desapareció. Miró a su alrededor, desconcertada, hasta que vio a Frank.
– ¿Qué…?
Frank la abrazó. -Vas a estar bien - dijo con fiereza. - Todo está bien.
–Pero... –Hazel agarró sus hombros y lo miró con asombro. –Frank, ¿qué te ocurrió?
– ¿A mí? – Se puso de pie súbitamente cohibido. –Yo no...
Miró hacia abajo y se dio cuenta de lo que ella quería decir. Triptolemo no se había hecho más pequeño. Frank era más alto. Su estómago se había encogido. Su pecho parecía más voluminoso.
Frank había tenido estirones antes. Una vez se había despertado dos centímetros más alto que cuando se había ido a dormir. Pero esto era una locura. Era como si algo del dragón y el león se hubieran quedado con él cuando había vuelto a ser humano.
–Uh... yo no... Tal vez pueda arreglarlo.
Hazel se rio con deleite.
– ¿Por qué? ¡Te ves increíble!
–En… ¿en verdad?
–Quiero decir… ¡eras guapo antes! Pero pareces mayor, y más alto, y tan distinguido…
Triptolemo suspiró dramáticamente.
–Sí, obviamente es una especie de bendición de Marte. Felicidades, bla, bla, bla. Ahora bien, ¿si ya terminamos...?
Frank lo miró.
–No hemos terminado. Sana a Nico.
El dios de la agricultura entornó los ojos. Señaló a la planta de maíz, y ¡BAM! Nico di Angelo apareció en una explosión de seda de maíz.
Nico miró a su alrededor en pánico.
–Yo… tuve la pesadilla más extraña sobre unas palomitas. –Frunció el ceño a Frank- ¿Por qué estás más alto?
–Todo está bien –prometió Frank. –Triptolemo estaba a punto de decirnos cómo sobrevivir a la Casa de Hades. ¿No estabas, Trip?
El dios granja levantó los ojos hacia el techo, como diciendo: ¿Por qué yo, Deméter?
–Muy bien–dijo Trip. –Al llegar a Epiro, se les ofrecerá un cáliz para beber
– ¿Ofrecido por quién? – Preguntó Nico.
–No importa – le espetó Trip. –Sólo sé que está lleno de veneno mortal
Hazel se estremeció.
– ¿Estás diciendo que no debemos beberlo?
– ¡No! –Dijo Trip. –Deben beberlo, o nunca serán capaces de pasar a través del templo. El veneno te conecta con el mundo de los muertos, te permite pasar a los niveles más bajos. El secreto para sobrevivir es - sus ojos centellaron – Cebada.
Frank lo miró fijamente.
–Cebada.
–En la sala del frente, tomen un poco de mi cebada especial. Hagan pequeños pasteles. Cómanlos antes de que entren en la casa de Hades. La cebada absorberá lo peor del veneno, por lo que les va a afectar, pero no matar.
– ¿Eso es todo? – Exigió Nico. – ¿Hécate nos envió a medio camino a través de Italia, para que pudieras decirnos que comamos cebada?
– ¡Buena suerte!
Triptolemo corrió a través del cuarto y se metió en su carro.
–Y, Frank Zhang, ¡te perdono! Tienes agallas. Si alguna vez cambias de opinión, mi oferta está abierta. ¡Me encantaría verte obtener un título en agricultura!
–Sí – murmuró Frank. – Gracias.
El dios sacó una palanca en su carro. Las ruedas-serpientes dieron una vuelta. Las alas se agitaron. Al fondo de la sala, la puerta del garaje se abrió.
– ¡Oh, a moverse de nuevo! – Exclamó Trip. – Hay muchas tierras ignorantes que necesitan de mi conocimiento. ¡Les enseñaré las glorias de la labranza, riego, fertilización!
El carro se elevó y salió de la casa, Triptolemo gritó en el cielo
– ¡Lejos, mis serpientes! ¡Lejos!
–Eso–dijo Hazel – fue muy extraño.
–Las glorias de la fertilización–Nico se sacudió algunos granos de maíz de su hombro. – ¿Podemos salir de aquí ahora?
Hazel puso su mano sobre el hombro de Frank.
– ¿Estás bien?, ¿en serio? Cambiaste algo por nuestras vidas. ¿Qué te hizo hacer Triptolemo?
Frank trató de mantenerse en pie. Él se reprendió a sí mismo por sentirse tan débil. Podría enfrentar a un ejército de monstruos, pero tan pronto como Hazel le mostró bondad quería romper a llorar.
–Esos monstruos vaca... los katoblepones que te envenenaron... tuve que destruirlos.
–Eso fue muy valiente–dijo Nico. –Deben haber sido, como, seis o siete los que quedaban en esa manada.
–No–Frank se aclaró la garganta. –Todos ellos. Maté a todos los que había en la ciudad.
Nico y Hazel lo miraron en silencio atónitos. Frank tenía miedo de que ellos dudaran de él, o se comenzaran a reír. ¿Cuántos monstruos había matado en ese puente? ¿Doscientos? ¿Trescientos? Pero vio en sus ojos que le creyeron.
Eran hijos del Inframundo. Tal vez podían sentir la muerte y la carnicería que había desatado.
Hazel lo besó en la mejilla. Ella tuvo que ponerse de puntillas para hacerlo. Tenía los ojos muy tristes, como si se diera cuenta de que algo había cambiado en Frank… algo mucho más importante que su aceleración de crecimiento físico. Frank también lo sabía. Él nunca sería el mismo. No estaba seguro de si eso era algo bueno.
–Bueno–dijo Nico, rompiendo la tensión, – ¿Alguien sabe cómo se ve la cebada?

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