jueves, 10 de octubre de 2013

La Casa de Hades- V Annabeth

V

ANNABETH
Nueve días
Mientras caía, Annabeth pensó en Hesiodo, el antiguo poeta griego quien especulaba  que podría tomar nueve días caer de la tierra al Tártaro.
Esperaba que Hesiodo estuviera en lo incorrecto. Ella había perdido la cuenta de cuánto tiempo ella y Percy habían estado cayendo... ¿horas? ¿Un día? Se sintió como una eternidad. Ellos se habían estado tomando de las manos siempre desde que habían caído al abismo. Ahora Percy la atrajo hacia sí, abrazándola mientras caían a la oscuridad absoluta.
 El viento silbaba en los oídos de Annabeth. El aire se hizo más caliente y amortiguado, como si cayeran en picada dentro de la garganta de un dragón enorme. Su tobillo roto recientemente palpitaba, aunque no sabría decir si se encontraba envuelto en telarañas.
Esa maldita monstruo Aracne. A pesar de haber sido atrapada en su propia tela, aplastada por un auto y sumergida en el Tártaro, la mujer araña había conseguido su venganza. De alguna forma la seda se había enredado en la pierna de Annabeth y la arrastró hacia el borde de la fosa, junto con Percy.
Annabeth no se imaginaba a Aracne aún con vida, en algún lugar bajo ellos en la oscuridad.
No quería ver nuevamente a ese monstruo al llegar al fondo. Viendo el lado bueno, asumiendo que hubiera un fondo, Annabeth y Percy probablemente serían aplastados por el impacto, por lo cual las arañas gigantes eran la menor de sus preocupaciones.
Ella envolvió sus brazos alrededor de Percy y trató de no llorar. Ella nunca había esperado que su vida fuera fácil.
La mayoría de los semidioses morían jóvenes a manos de terribles monstruos.
Había sido de esa manera desde la antigüedad, Los griegos inventaron la tragedia. Ellos sabían que los más grandes héroes no tenían finales felices.
Sin embargo, aquello no era justo. Había pasado por mucho para recuperar la estatua de Atenea. Justo cuando había tenido éxito , cuando las cosas habían estado mejorando y se había reunido con Percy, habían caído a su muerte.
Incluso los dioses no podían concebir un destino tan retorcido.
Pero Gea no era como los demás dioses. La Madre Tierra era más vieja, más cruel, más sanguinaria.
Annabeth podía imaginar su risa mientras caían en las profundidades.
Annabeth apretó los labios en la oreja de Percy. “Te amo”
No estaba segura de que podía oírla, pero si iban a morir quería que esas fuesen sus últimas palabras.
Trato desesperadamente de pensar en un plan para salvarlos. Ella era la hija de Atenea. Se había probado a sí misma en los túneles bajo Roma, superando toda una serie de desafíos, con solo su ingenio. Pero no podía pensar en ninguna manera de revertir o incluso ralentizar su caída.
Ninguno de ellos tenía el poder de volar– no cómo Jason, que podía controlar el viento; o Frank, quien podía transformarse en un animal alado. Si llegaban al fondo a una velocidad terminal… Bien, sabía con certeza qué significaba terminal.
Ella se preguntaba seriamente si ellos podrían hacer un paracaídas con sus camisetas–así de desesperada estaba– cuando algo a sus alrededores cambió. La oscuridad se tintó en un color rojo grisáceo. Ella se dio cuenta de que podía ver el cabello de Percy mientras lo abrazaba. El silbido en sus oídos se transformó en algo así como un rugido. El aire se hizo intolerablemente caliente, permeado con un olor a huevos podridos.
De repente, el tobogán por el que habían estado cayendo se abrió a una basta caverna. A media milla debajo de ellos, quizá, Annabeth vio el fondo. Por un momento, ella se asombró tanto que no pudo pensar bien. Toda la isla de Manhattan pudo haber cavido en esa caverna– y eso que no pudo ver su total extensión. Nubes rojas colgaban del aire como sangre vaporizada. El terreno–al menos lo que ella pudo ver– era rocoso con planicies negras, rodeado de montañas ásperas y ardientes grietas. A la izquierda de Annabeth, el suelo se abría en una serie de acantilados, como escaleras colosales guiando lo más profundo del abismo.
El hedor a azufre hizo difícil que ella se concentrara, pero se concentró en el suelo directamente debajo de ellos y vio una línea de líquido negro brillante– un río.
–¡Percy! –Ella gritó en su oído–. ¡Agua!
Ella hizo gestos frenéticamente. La cara de Percy era difícil de leer en la tenue lu roja. Él parecía encerrado en una concha de mar y atemorizado, pero asintió como si lo entendiera.
Percy podía controlar el agua–asumiendo que había agua debajo de ellos. Él podría ser capaz de suavizar su caída de alguna forma. Por supuesto, Annabeth había oído terribles historias acerca de los ríos del Inframundo. Ellos podían llevarse tus recuerdos, o quemar tu cuerpo y alma en cenizas. Pero decidió no pensar en ello. Esta era su única oportunidad.
El río se lanzó hacia ellos. En el último segundo, Percy gritó desafiante. El agua salió disparada en un géiser masivo y los tragó completamente. 

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