jueves, 10 de octubre de 2013

La Casa de Hades- VI Annabeth

VI ANNABETH
El impacto no la mató, pero el frío probablemente lo haria.
El agua helada impulsó al aire directamente fuera de sus pulmones. Sus miembros se volvieron rígidos, y ella perdió su abrazo con Percy. Comenzó a hundirse. Llantos extraños llenaron sus oídos –millones de desconsoladas voces-, como si el río estuviera hecho de tristeza destilada. Aquellas voces eran peor que el frío.
La agobiaban y la hacían entumecer.                                                
¿Qué sentido tiene luchar? Le dijeron. Están muertos de todos modos. Nunca dejarán este lugar.
Podría hundirse hasta el fondo y ahogarse, dejar que el río arrastrara su cuerpo de inmediato. Eso sería más Fácil.
Ella solo podía cerrar los ojos...
Percy agarró su mano y la sacudió de vuelta a la realidad. Ella no podía verlo en el agua turbia, pero de repente no quería morir. Juntos echaron hacia arriba y salieron a la superficie.
Anabeth se quedó sin aliento, agradecida por el aire, sin importar lo sulfuroso. El agua se aremolinaba a su alrededor, y se dio cuenta de que Percy estaba creando un remolino para mantenerlos a flote.
Aunque ella no podía distingir su entorno, sabía que era un río. Los ríos tienen costas. “Tierra” dijo con voz ronca. “Vamos hacia la orilla.”
Percy parecía casi muerto del cansancio. Por lo general, el agua le revitalizaba, pero no esta agua.
Controlarla debe haber tomado cada parte de su fuerza. El remolino comenzó a disiparse. Annabeth enganchó un brazo alrededor de su cintura y luchó a través de la corriente. El río iba en su contra: miles de voces llorosas susurrando en sus oídos, metiéndose en su cerebro.
La vida es la desesperación, dijeron. Todo es inútil, y luego te mueres. “No tiene sentido” murmuró Percy. Sus dientes castañeteaban de frío. El dejó de nadar y comenzó a hundirse.
“Percy” chilló “El río está jugando con tu mente. Es el Cocito –rio de la lamentación. ¡Está hecho de pura miseria!”
"miseria", él estuvo de acuerdo.
"¡Lucha contra él!"
Ella pateó y forcejeó, intentando mantener a ambos a flote. Otra broma cósmica de Gea: Annabeth muere intentando evitar que su novio, el hijo de Poseidón, se ahogue.
No va a suceder, vieja bruja, pensó Annabeth.
Abrazó mas apretado a Percy y lo besó. "Háblame de Nueva Roma", exigió. "¿Cuáles eran tus planes para nosotros? '
“Nueva Roma... para nosotros...”
“Si, sesos de alga. Dijiste que podría haber un futuro allí, dime”
Annabeth nunca había querido dejar el Campamento Mestizo. Era el único santuario que jamás había conocido.
Pero hace días, en el Argo II, Percy le había dicho que él se imaginaba un futuro para los dos entre los semidioses romanos. En la ciudad de Nueva Roma, los veteranos de la legión podrían establecerse con seguridad, ir a la universidad, casarse, incluso tener hijos.

"Arquitectura" murmuró Percy. La niebla comenzó a despejarse de sus ojos "Pensé que te gustarían las casas, los parques. Hay una calle con todas esas fuentes frescas."
Annabeth comenzó avanzar contra la corriente. Sus miembros se sentían como sacos de arena mojada, pero Percy la estaba ayudando. Podía ver la oscura línea de la costa como a un tiro de piedra de distancia.
"Universidad," susurró "¿Podríamos ir juntos?"
"S-sí " asintió él, un poco más confiado-
"¿Qué vas a estudiar, Percy?"
"No sé" -admitió- .
"Biología" sugirió ella "¿Oceanografía?"
"¿Surfing?" preguntó
Ella se echó a reír, y el sonido envió una onda de choque a través del agua. El llanto se desvaneció como un ruido de fondo. Annabeth se preguntó si alguien había reído en el Tártaro antes, “sólo una pura, simple carcajada de placer”. Lo dudaba.
Ella usó sus últimas fuerzas para llegar a la orilla del río. Sus pies se hundieron en el fondo arenoso. Ella y Percy se arrastraron a tierra, temblando y jadeando, se desplomaron sobre la arena oscura.
Annabeth quería acurrucarse junto a Percy e irse a dormir. Quería cerrar los ojos, con la esperanza de que todo esto fuera sólo un mal sueño y despertar,  para encontrarse de nuevo en el Argo II, a salvo con sus amigos (bueno... tan seguro como un semidiós puede estarlo).
Pero, no. Estaban realmente en el Tártaro. A sus pies, el río Cocito pasó rugiendo, una avalancha de miserias líquidas. El aire sulfuroso picó los pulmones de Annabeth y le erizó la piel. Cuando miró sus brazos, vio que ya estaban cubiertos con un furioso sarpullido. Trató de incorporarse y jadeó de dolor.
La playa no era de arena. Estaban sentados en un campo de astillas de vidrio negro áspero, algunos de los cuales estaban ahora incrustados en las palmas de Annabeth.
Así que el aire era ácido. El agua era  miseria. El suelo era de roto vidrio. Aquí todo había sido diseñado para herir y matar. Annabeth tomó un respiro agitado y se preguntó si las voces en el Cocito tenían razón. Tal vez la lucha por la supervivencia era inútil. Estarían muertos en una hora.
A su lado, Percy tosió. "Este lugar huele como mi ex padrastro"
Annabeth esbozó una sonrisa débil. Nunca había conocido a Gabe el apestoso, pero  había oído suficientes historias.
Amaba que Percy tratara de levantarle el ánimo.
Si hubiera caído en el Tártaro ella sola,
pensó Annabeth , habría estado condenada. Después de todo lo que había pasado bajo Roma, la búsqueda de la Atenea Partenos, esto era simplemente demasiado. Ella se hubiera acurrucado y llorado hasta que se convirtiera en otro fantasma, fundiéndose con el Cocito.
Pero no estaba sola. Tenía a Percy. Y eso significaba que no podía darse por vencida.
Se obligó a hacer un balance. Su pie estaba todavía envuelto en su yeso de tabla y plástico de burbujas, todavía enredado en las telarañas. Pero cuando se movió, no sintió daño. La ambrosía que había comido en los túneles debajo de Roma debió finalmente haber arreglado los huesos.
Su mochila se había ido -perdida en la caída, o tal vez arrastrada en el río. Odiaba perder el portátil de Dédalo, con todos sus programas fantásticos y datos, pero tenía problemas peores. Su daga de bronce Celestial no estaba -el arma que había llevado desde que tenía siete años de edad.
Caer en cuenta de eso casi la rompió, pero no podía permitirse pensar en ello. Habría tiempo para llorar después. ¿Qué más tenían?
Sin comida, ni agua... básicamente sin suministros en lo absoluto.
Sip. Todo a un comienzo prometedor.
Annabeth miró a Percy. Se veía bastante mal. Su pelo oscuro estaba pegado a su frente, su camiseta hecha trizas. Sus dedos estaban en carne viva por aferrarse a esa cornisa antes de caer. Lo más preocupante de todo, él estaba temblando y sus labios estaban azules.
"Debemos seguir avanzando o vamos a tener hipotermia" dijo Annabeth- .  "Puedes levantarte?"
Él asintió con la cabeza. Ambos se esforzaron en ponerse de pie.
Annabeth puso su brazo alrededor de su cintura, aunque no estaba segura de quién se estaba apoyando en quién. Escaneó los alrededores. Por encima, ella no vio ni rastro del túnel por el cual habían caído. Ni siquiera podía ver el techo de la caverna, sólo nubes de color sangre flotando en el aire gris brumoso. Era como mirar a través de una mezcla fina de tomate y cemento.
La playa de arena negra se extendía hacia el interior a unos cincuenta metros, y luego caía por el borde de un acantilado. Desde donde estaba, Annabeth no podía ver lo que había debajo, pero el borde brillaba con luz roja, como si estuviese iluminado por grandes incendios.
Un recuerdo lejano vino a ella, algo sobre el Tártaro y el fuego. Antes de que pudiera pensar demasiado en ello, Percy respiró hondo.
"Mira." Señaló río abajo.
A unos treinta metros de distancia, un coche italiano azul celeste de aspecto familiar se estrelló de cabeza en la arena. Se veía como el Fiat que se había estrellado en Aracne y la había enviado en caída al abismo.
Annabeth esperaba estar equivocada, pero ¿cuántos coches deportivos italianos podría haber en el Tártaro? Una parte de ella no quería ir a ninguna parte cercana, pero tenía que averiguarlo. Agarró la mano de Percy, y tropezó hacia los restos. Uno de los neumáticos del vehículo había salido y estaba flotando en un remolino en el agua del Cocito. Las ventanas del Fiat estaban destrozadas, enviando cristal brillante como el glaseado en la playa oscura. Bajo el capó triturado yacían los restos andrajosos, relucientes de un capullo de seda gigante, la trampa con que Annabeth había engañado a Aracne para tejerlo. Estaba sin lugar a dudas vacío. Marcas de garras en la arena se hacían camino río abajo... como si algo pesado, con múltiples piernas, se hubiera hundido en la oscuridad.
- Ella está viva. -Annabeth estaba tan horrorizada, tan indignada por la injusticia de todo, tuvo que reprimir las ganas de vomitar-.
- Es el Tártaro, -dijo Percy-. Territorio de los monstruos. Aquí abajo, a lo mejor no pueden ser asesinados.
Dio a Annabeth una mirada avergonzada, como si se diera cuenta de que no estaba ayudando a la moral del equipo. "O tal vez ella está gravemente herida, y se arrastró para morir."
"Quedémonos con eso" asintió Annabeth-.
Percy aún estaba temblando. Annabeth no se sentía más cálida tampoco, a pesar de que el aire era caliente y pegajoso.
Los cortes de cristal en sus manos aún estaban sangrando, lo cual era inusual para ella. Normalmente, ella sanaba rápido.
Su respiración se hizo más y más trabajosa.
"Este lugar nos está matando," -dijo-. "Lo quiero decir, es, que literalmente, nos va a matar, a menos que..."
Tártaro. Fuego. Ese recuerdo lejano se iluminó. Miró hacia el interior del acantilado, iluminado por las llamas de abajo.
Era una idea completamente loca. Pero podría ser su única oportunidad.
"¿A menos que qué?" Percy sugirió. "Tengas un plan brillante, ¿lo tienes?"
"Es un plan"-murmuró Annabeth-. "No sé si tenga algo de brillante. Tenemos que encontrar El Río de Fuego."

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